CUEVA DE LOS JUDÍOS (Albarracín)

Posted by Xoán Abeleira | Posted in Ensaios, Poemas propios | Posted on 26-12-2009

 

A montaña vai falar por boca do seu Rabí.

É a incontinencia da auga, a súa paixón verbalizada o que agudiza o desespero destas rochas. Durante séculos viron fluír e bulir, ensarillarse entre os seus pés iste fiado seminal que aínda hoxe as mortifica.

A montaña vai falar. Renxe o preludio do trebón.

Riba da aba, as cotovías, e os cirros, e os pedreiros apíñanse pra debelar o Inimigo. As nubes son unha cadea. Os amantes acubillan a súa nudez baixo a Torre. Os mortos congratúlanse en secreto. Treman os balcóns. Liscan os rabaños. Choutan, entolecidos, os cadelos.

Abaixo, na solaina agora gris, na concavidade áspera dos matos, reina o furor do vento. O río perdeu por un intre o seu poder. Bolboretas isabelinas, libélulas e abellóns baten no ar musitando rogativas de clemencia.

Mais nada as resgarda. Nada as defende. Nin sequera a alcazaba das flores. Nin os álamos que se pandean, xemendo de raíz, contra os petóns aguzados.

A montaña vai falar, xaora. A montaña vai racharse ó proferir o seu turbillón encerrado.

Mais o que ecoa, de súpeto, na Gorxa non é un brúo, nin o que chove a arroiar un alude de maldicións, senón unha resina celeste, abafante, a enzoufar os seres e o seren das cousas.

Despois, silencio en recendo. Ceo opalino. Irisacións e escumas ó redor. E a montaña alá enriba. Coma outrora, coma sempre, fosilizada nun xesto. Exposta á ollada dun home que acha nela a simetría da súa anguria.

 

(Poema en prosa, incluído no libro inédito Pan de Ánimas, que hoxe publica o suplemento cultural do ABC de Galicia. A Cova dos Xudeos -unha sorte de boca enorme, na que aniñan os morcegos e varias clases de aves- áchase na parte posterior de Albarracín, e ós seus pés bule o río Guadalaviar.Engado aquí debaixo, o texto que escribín, en castelán, pra Campo Abierto: Antología del poema en prosa en España (1990-2005), editado por Marta Agudo y Carlos Jiménez, y publicado por DVD.)

 

 EL PRIMER POEMA EN PROSA que recuerdo haber escrito sucedió cuando yo tenía diecisiete años, o sea, más de un lustro después de que empezara a cometer mis primeras fechorías. Llevaba por título un verso de Alberti –«Siento esta noche heridas de muerte las palabras»– y, una de dos: o bien, de manera inconsciente, logré trascender el sentimiento que lo había originado o bien la ceguera de mi profesor de literatura, un hombre bueno, de izquierdas, era mayúscula, porque él se dedicó a pasearlo por las demás aulas como si fuera una suerte de diatriba antifranquista, cuando yo, en realidad, creía haber escrito algo – no sabía muy bien qué, aunque sí que era más que una mera “redacción” – acerca de los celos y la ira que me provocaban ciertos compañeros de clase…

¿Que por qué me salió eso? Bueno. Simplemente sucedió, como acabo de decir, aunque imagino que mis lecturas de entonces estaban en la base de ese suceso. Yo ya había leído los poemas en prosa de Baudelaire, pero, sobre todo, había caído bajo el embrujo permanente – porque aún no me he librado – de Rimbaud, a quien acababa de descubrir gracias a un amigo – el raro, en todos los sentidos, de la clase. Ese deslumbramiento coincidió con otro: el que me provocó Lorca, del que llegué a estar –como ya dije en algún artículo – “enfermo”, y supongo que ya había leído, también, sus poemas en prosa. Los de Neruda – de Residencia en la tierra, sobre todo –, creo que fueron algo posteriores, cuando yo ya estaba en la universidad. Y los de Aleixandre. Y los de Cernuda. Y los de Novalis. Y los de Huidobro… Y otros muchos, seguro, que ahora mismo no recuerdo.

Pero aparte de Baudelaire y de Rimbaud, creo que la mayor influencia –o, mejor dicho, identidad, en el sentido que yo le doy a esa palabra– que experimenté fue la de René Char, un poeta del que, en principio, no entendía nada, pero con el que yo me sentía, también, identificado, atraído por ese mismo magnetismo perturbador que tienen, por ejemplo, las esculturas precolombinas, o ciertos paisajes, para mí, chamánicos… Su obra, como la de Lorca, como la de Neruda, como la de Hernández, me marcó tanto, en un momento dado, que devino un lastre para mí – como se nota en ciertos poemas de Umbral del centinela, un poemario que ahora yo no reconozco, pero que confío en reescribir en mi verdadera lengua, el gallego, algún día.

¿Qué por qué seguí escribiendo poemas en prosa? De nuevo tengo que decir que porque sucedió así – y digo la verdad. Y, en ese sentido, creo que soy fiel a lo poco o lo mucho que aprendí de Rimbaud – en especial, traduciéndolo. Es cierto que, a veces, me propongo escribir sobre algún tema determinado, pero nunca, nunca la manera en la que lo voy a hacer. Por eso: si lo que nace, nace “medido”, lo transcribo medido. Si lo que nace, viene en “verso libre”, lo transcribo en verso libre. Y si lo que nace, surge “en prosa”, lo transcribo en esa otra forma de prosa o poesía. O sea: siempre atendiendo al ritmo que impone eso que nace, porque existen – a pesar de lo que creen esos nuevos “versificadores”, que tanta barrila nos dan con su eterno táca–táca – muchas clases de ritmo, y yo, desde luego, a estas alturas de oficio, huyo del endecasílabo y del alejandrino como de la peste. A veces, hasta cuando se me imponen.

Creo que el proceso de Identidades es un buen ejemplo de lo que afirmo. Yo sabía sobre lo que quería escribir pero nunca cómo iba a salir. Recuerdo: la identidad de Munch. Estaba traduciendo la biografía de Dylan Thomas, y, cansado, salí a airearme un poco. Enseguida, sin saber por qué – no estaba pensando en ella, pueden creerme – me asaltó la imagen del cuadro, y, mientras iba andando, se escribió el poema – en verso –, de un tirón. Otros tardaron más. Recuerdo: la identidad de Gauguin. Tuve una reproducción de Oviri clavada en la pared, detrás de mi ordenador, durante meses. No me salía nada. No escuchaba nada. Hasta que un día… llegó. Simplemente sucedió. En verso. Como otros lo hicieron en “prosa”. Quizás – sólo quizás, ahora no lo recuerdo, la verdad –, el único que, premeditadamente, tenía que ser un poema en prosa era el de Rimbaud, porque prefiero Iluminaciones o la Temporada en infierno a la mayoría de sus poemas en verso. (Poemas que, por cierto, siempre fui reacio a traducir en verso blanco o rimado, porque – como arguyo en una nota de mi versión – Rimbaud luchó para zafarse de esa camisa de fuerza, y, desde luego, «inventó», como dice él, nuevas clases de ritmos. Así que no iba a ser yo quién le enmendara la plana.) En ese sentido, creo que Jordi Doce tenía razón cuando comentó, con su habitual generosidad, que «cada poema de Identidades inaugura[ba] su propia poética», o, al menos, su propia forma.

Forma. Forma = Ritmo. Eso es todo lo que yo sé sobre el poema en prosa. Que tiene otro ritmo. Y que cada poema en prosa tiene su propio ritmo. De hecho, y para ser del todo sincero, a veces, una vez sucedido y revisado el poema, he intentado darle cierta estructura, fijándome, eso sí, en que fuera la estructura que el poema estaba pidiendo – el mejor de los casos – o bien la estructura que a mí me parecía más “original” – el peor de los apaños, casi siempre.

En cuanto a si tiene o no futuro el poema en prosa… Supongo que igual que los poemas en verso, que, en mi opinión, es todo el futuro del mundo. Creo sinceramente que, por múltiples razones que no cumple explicar aquí, la poesía escrita sobrevivirá siempre. Y estoy convencido de que, al igual que me sucedió a mí, millones de jóvenes de dieciséis, diecisiete años se entusiasmarán, a lo largo de la mucha o poca historia que le queda a la Humanidad, leyendo a Lorca o a Rimbaud, a Trakl o a Desnos, y de que, cuando menos lo esperen, les sucederá algún poema. En verso o en prosa. Seguro.

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